Mariana corría dos cuadras y tosía, corría diez y frenaba en la esquina, se doblaba en dos y volvía a toser, más desde adentro, con los pulmones como queriendo escapar. Inspiraba hasta donde le entraba el aire, que no era mucho, levantaba la cabeza, miraba para uno y otro lado, y volvía a correr. Diez cuadras más, diez, cruzar la vía, frenar de golpe, girar a la izquierda, y golpear las palmas.
El problema era que, cuando estaba frente a la puerta de madera marrón gastada con olor a lluvia de fin de semana de primavera, le daba vergüenza tocar el timbre. Era un tema repetido, hasta cierto punto inconciente. Una que otra vez se había quedado parada bajo la lluvia mirando las calles inundarse, a la gente correr bajo un techo, y ella ahí parada, frente alguna puerta, incluso la de su casa, claro.
Por eso le gustaba la casa de Pablo, porque no tenia timbre, ni tampoco tenia puerta que daba al frente, solo una reja, un campo largo y en el fondo esa casita tan extraña, simple y única. Obviamente llamaba aplaudiendo, gritar era hacer demasiado espamento y ella con esas cosas, claro, no iba.
A Pablo lo conocía desde que iban al jardín, esa casita al fondo era su segundo hogar, tantas horas habían pasado jugando en el terreno de adelante, tantas charlas a luz de las estrellas en el techo de la casa, tantos años de amistad y compartir pensamientos.
Cuando estaban juntos era como si no existiera ese mundo extraño en el cual habían sido puestos, el que los miraba mal y les sospechaba injustamente.
Hacia una semana Pablo le había dado un beso en la mano derecha, con los labios calentitos y un poco húmedos, se había puesto colorado, y le había pedido perdón por todo, Mariana no entendía que era todo, ni porque estaba tan triste. Pablo la miro a los ojos y le juro que nunca más en la vida podría tener con alguien lo que ella le había dado, que habían nacido siendo uno para el otro, pero que si ahora lo eran se debía a los años de amistad, risas y juegos. Mariana sintió entonces como sus ojos se llenaban de lagrimas, siempre había creído que eran tontas ideas suyas, de tanto leer Mujercitas, creyéndose Jo y el su Lorie.
Tranquilamente podría haberlo puesto en el lugar de Darcy, y ser ella Lizzie, pero la verdad nunca creyó que podrían terminar juntos y felices.
Pablo dijo muchas cosas, sobre el amor, el mundo, la injusticia, el dolor y la tristeza, la miraba a los ojos y entre lagrimas le juraba que pasara lo que pasara en esta vida, siempre su corazón iba a ser de ella, que la amaba, que no podía evitar sentir una atracción magnética, que ella era la tierra y el su satélite atrapado en su orbita.
Se besaron, con amor, con la urgencia de los años reprimidos, y se recorrieron cada parte del cuerpo con la pasión de la confesión.
Mariana sacudió la cabeza, frente a la puerta marrón gastada con olor a lluvia de fin de semana de primavera, y golpeo la puerta. Una vez, despacio, dos. Los truenos de las nubes escondidas en la oscuridad del firmamento nocturno escondían su llamado casi silencioso pero desesperado.
Una ventana del costado se abrió un poco y un ojo lagañoso de noche sen vela, la observo arriba y abajo, se expandió completamente y la pupila se dilato, desapareciendo en un golpe.
Alguien movía cosas, hasta correr un pasador, le abrieron la puerta, apenas lo suficiente para que su cuerpo tembloroso de espasmos la atravesara.
En la oscuridad del comedor de la casa, la agarraron de la mano y la sentaron en un sillón, le dijeron muchas cosas que no entendió, o tal vez no quería entender. Escucho atenta, pero distante, todavía ahogándose en las cuadras que había corrido, se aprendió de memoria las instrucciones de cómo hacer las cosas, de que todo iba a ir bien y se iba a arreglar si se comportaba como siempre había jurado hacer, su convicción estaba en juego, su amor también.
Pablo le había dicho que si llegaba a pasar esto que no tuviera dudas de hacer lo que había decidido, que era la mejor forma de hacer las cosas, de asegurar el futuro, su futuro. Claro, pero era muy fácil para él decir eso cuando ella era la que tenia que hacerse cargo de todo, que tenia que bancarse toda esa mierda y tratar de sacar algo bueno, para que cuidarse, para que tantos años de amor, para que las promesas de la semana anterior si a la hora de vivir todo eso, de estar juntos, ella tenia que abrirse, seguir con las cosas como si fueran no se que.
Escucho toda la historieta, se levanto del sillón y fue a la puerta, espero que la destrabaran, y la mujer gorda la abrazo, le deseo suerte y le recordara que lo más importante era pensar en el futuro, en su futuro.
Mariana camino a paso rápido por la sombra, con una mano en el vientre con la otra acariciando las paredes de las casas, sacándola cuando una reja podía traerle un perro.
Todavía respiraba un poco agitado, y junto al repique de sus zapatitos contra las veredas eran lo único que se escuchaba en varias cuadras a la redonda, descontando, obviamente las sirenas a lo lejos.
Supuso que por eso aquel viejo de cara amargada había asomado a la ventana, dejando que el bailoteo de la luz inconstante de la tele le oscureciera los rasgos, la miraba, mal con la seguridad de quien confirma sus sospechas.
Mariana se paro y lo miro suplicante, el viejo cerró la ventana abruptamente, y estaba sola, otra vez sola.
Hacia dos días que estaba sola. Aunque vivía con sus padres, le habían dejado más que en claro que estaba sola desde que había confiado, equivocadamente, que los años traen sabiduría.
Pablo le había dicho que iba a estar siempre, pero no estaba, y le dolía, cada centímetro de su cuerpo se contraía en ese dolor. No estaba enojada con el, obviamente, era el simple hecho de que lo extrañaba y lo necesitaba, no era solo su pareja ahora, sino también su mejor amigo.
Volvió a la realidad con las luces de un auto, paso de largo, igualmente acelero la caminata, no debía estar ahí.
Al llegar a la otra esquina el mismo auto la esperaba, los dos hombres de bigote y mirada lasciva, la llamaron con la mano, su cuerpo instintivamente se volvió hacia atrás, los hombres bajaron y le preguntaron, ella respondió, con los ojos dilatados de terror. La tomaron por los brazos y la subieron al auto, manoseándola, se dejo llevar mientras las lágrimas le nublaban la vista, un solo pensamiento atravesó su cabeza mientras la encerraban en el amplio asiento trasero del cuidado falcon verde sin patente, al menos ahora, estaría con Pablo.
Diciembre 2009
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