lunes, febrero 08, 2010

26/XII/09

Hay un silencio derritiendo el oxigeno a las tres de la mañana, esperándote a que duermas en esa hora tuya, para volver a abrir los ojos al mundo y comenzar a moverte.
Se sentó una noche en el piso de algún lugar en ningún lado y sus piernas se entrecruzaron, y su cara sufrió la clara marca de una sonrisa. Tenía ojos de felino, y su mirada echaba chispas de fuego digno de dragón. Cuando lo vio su mente capturo rápidamente esa esencia de diversión enérgica, y su cuerpo se inclino hacia adelante mientras dolorosamente contenía las ganas de estirar un brazo con un dedo en alto y tocar su piel, un segundo, cruzando la habitación con todo lo largo de su cuerpo inclinándose sobre sus rodillas clavadas en el suelo, con los ojos atónitos en esa sonrisa, y tocarle la piel, un segundo, con la yema del dedo, un segundo, y saber como se sentía, y entender porque quería estirar el brazo y tocarlo, y tocarlo, y sentirlo. Pero se contuvo.
Y a la menor oportunidad sucumbió en la violencia cómplice del juego de manos. Mientras agarrando una cerveza sus dedos inevitablemente se rozaban un segundo y chispas de colores que nunca había visto salían de ese roce casual.
Una mañana volcada en la cama la chocolatada se volvió mar de palabras dulces y miradas profundas, constantes, sostenidas, miradas, palabras, y ya sin miedo las manos jugaban con las manos y con el pelo y era un alivio no tener que contener la necesidad de tocar esa piel, ese pelo, esas perfectas imperfecciones de niveles desnivelados.
En el camino de lo inevitable el tiempo les trajo los besos, y sus bocas bailaron horas al ritmo de sus latidos, y las palabras fueron silencios de dientes chocando y de caricias de labios. Sin perder la charla, sin parar. Sin parar. Sin parar.
Las noches siguieron haciéndose día ante sus ojos juntos o separados, y juntos las palabras fueron silencios y separados las horas fueron formas de abrir el alma. Y de reír. De reír rockandrolles en las noches en vela en una ciudad dormida, creando propias notas musicales, haciendo con ellas colores en el aire, colores en el aire en el techo de una cama. De dos camas. De varias noches. De una noche.
Inocentes se sumergen en un mar de incertidumbre, con el deseo seguro de querer más.
Y se sientan en la tarde en la ventana, con los pies descalzos, con el aire fresco con sabor a mar de noche de verano, y el pelo volando detrás de sus cabezas, metiéndoseles en los ojos y quitándolos con caricias, de frente al cielo celeste de otro amanecer, hunden los pies en la tierra de tres masetas, un pie libre, el otro unido por la tierra con el del otro. Siendo uno cada uno, siendo dos formando uno, siendo quienes son, y compartiéndose en el silencio de colores infinitamente únicos de la combinación de sus magias.



Frente al universo, nosotros.

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