Cuando Laura nació era como un zapallito, cuello largo, cabeza grande y toda colorada.
Mamá Estela y papá Eduardo la amaron desde el imborrable segundo en el cual fue puesta en sus brazos y se juraron darle todo lo que alguna vez necesitara ese pequeño milagro de la naturaleza.
Así Laura creció sabiendo que era especial, cuando todos los bebes venían de un repollo ella era, claramente, una cruza entre calabaza, zapallito y zanahoria.
Tenia los ojos verdes de mamá Estela y los dedos gorditos de papá Eduardo, las pecas del abuelo Esteban y la sonrisa de la abuela Rosa.
Laura zanahoria tomaba vitaminas cada mañana, tarde y noche, “los vegetales no pueden vivir con las raíces fuera de la tierra” le decían cuando se quejaba y al final tomaba esas pastillas que eran su pedacito de terreno en el mundo.
Le gustaba mucho pararse bajo la lluvia, con los pies descalzos en el barro, dejando que la masa viscosa se colara entre sus dedos. De cabeza a las nubes, cerraba los ojos y abría la boca, para llenarse de la frescura de la lluvia.
Mamá Estela se enojaba con Laura cuando hacia eso, y salía a correrla por el fondo de la casa rogándole que entrara, mil veces le había explicado a la nena que era una zanahoria demasiado grande para seguir con los pies en la tierra, y que por eso se enfermaba.
Fiebre, tos, vómitos, y malestar. Más pastillas y hasta un mes de reposo.
Laura zanahoria odiaba estar encerrada, extrañaba la luz del sol, la caricia del viento en su pelo y las lagrimas que le provocaba el atardecer.
Cuando empezó a ir a la escuela se dio cuenta que había muchas cosas que mamá Estela y papá Eduardo no le dejaban hacer. Mientras los otros nenes jugaban en gimnasia ella tenia que estudiar horas extras, pero cuando decía que ella también quería jugar le respondían que así iba a ser mejor alumna.
La verdad era que a Laura nunca le había costado la escuela y a medida que corría el tiempo las cosas le resultaban más extrañas.
Cuando comenzó a florecer la alejaron de los chicos, porque a los varones no les gustan las zanahorias y la iban a lastimar, por eso les tenía miedo.
Hasta que a los 16 años conoció en la biblioteca a Juan cara de papa, y enseguida se entendieron, dos vegetales como ellos a merced de los animales de la jungla. Solían refugiarse entre libros y cartas, ella escribía historias y Juan las dibujaba, haciendo real su mundo de zanahoria.
Un día escaparon a la playa, un lugar que nadie conocía, y dejaron sus raíces mezcladas en la tierra, por horas y horas, se dejaron regar por la lluvia.
Pasaron los días y Laura zanahoria empezó a preocuparse por Juan cara de papa que no iba a la escuela, ni a la biblioteca, hasta que una noche, mama Estela le explico entre lágrimas a Laura zanahoria, cabeza de zapallito y sonrisa de calabaza, que Juan cara de papa había vuelto a la tierra y estaba durmiendo entre los árboles.
Laura salio corriendo por la ventana, hasta ese lugar que nadie más conocía, se arrastro por el pasto llorando lagrimas naranjas y se acostó a dormir sobre aquel lecho compartido. Durmió toda la tarde y la noche, y la mañana, y se despertó con el sol en su plenitud quemándole la espalda.
Cuando quiso levantarse Laura zanahoria noto algo bajo su pecho, se corrió lentamente y pudo ver, allí donde la tierra acariciaba su ombligo, una pequeña hoja creciendo, de color naranja y con cara de papa.
25/XI/09
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