Vale aclarar que el falcon siempre fue un auto que me produjo varias cosas, sentimientos encontrados... Si, porque siempre admire el tamaño de ese auto, la dureza de su chapa, e incluso cuando era chica podia verme viviendo dentro de uno, porque un asiento equivalia en mi mundo infantil a una comoda cama. Por otro lado, miedo. Es increible como uno siendo chico, sin tener conocimiento real de ciertas cosas, tal vez sin siquiera prestarle atención a lo que hablan los adultos, puede comprender cosas que van más allá de las palabras. Es que si, no puedo evitarlo, el falcon, es un auto maldito, un maldito auto, malditos falcons verdes.
Ahora volviendo, lejana esta esa mañana, en la que el regazo de esa mujer, ya entrada en años, aunque no tantos, un poco bastante arrugada, con suaves manos y un agradable humor, viajamos a navarro.
Esa mujer, escondia en las entrañas de su mente, mundos, seres, personajes, sentimientos, lugares, y todo lo que a uno pueda pasarle por la cabeza, increibles fantasias reales, o realidades fantasticas... Dotada con la magia de la escritura, ese don envidiable e inigualable que algunas personas a veces mueren sin saber que lo tenian (o eligiendo no mostrarlo al mundo, como el traicionado Kafka).
Habiamos leido en la escuela uno de sus libros, habiamos disfrutado y compartido esos momentos únicos que solo la literatura pueden brindar a mentes no del todo quemadas por la tv y la "realidad".
Siendo que iba a conocerla por medio del emprendimiento "con esto nos salvamos" de mi padre y sus amigos, la señorita, profesora, la docente de lengua, me encomendo la tarea de realizarle a esta mujer las preguntas que la clase propusiera, votara y seleccionara para hacerle.
Y ahí me vi yo, sentada en una mesa de madera, en un lugar de techos enormes, en un Jardin de la esquina, en Navarro, con pelotas peloteras dando vueltas al rededor, con un grabador, una lista, una hoja, y con esos extraños nervios que salen de la nada cuando uno sabe que va a suceder algo que va a cambiar todo.
¿Si paso algo importante para la humanida? No. ¿Si cambio la vida de alguien? sí, la mía.
Ese día, en ese momento, en esa voz de nena en ese cassette, ante la fragil e increible figura de esa mujer, me di cuenta que queria, sin importar si el resto del universo estaba de acuerdo, gustaba de lo mismo, si lo rechazaban, nada.
Fue un momento único, una división, un antes y un después.
Ese día me dije a mi misma que no iba a parar nunca mi imaginación, que la iba a dejar fluir y la iba a dejar en algun lado, para que alguien que alguna vez la necesite, la tuviera, la apreciara y le cambiara algo, como esa mujer había hecho conmigo.
No sé que depara la vida, el universo, la naturaleza ni nada, pero simplemente sé que hoy, estando con fiebre en cama, vi una pelicula que me hizo revivir ese momento. Bridge to Terabithia. La recomiendo. La imaginación y su magia esta en nosotros. Algunas cosas, momentos tristes y demás, nos la van a tapar, pero al fin y al cabo es lo que prevalece, lo que hace que existamos y amemos. Al fin y al cabo todo pasa por nuestras mentes, y como vemos el mundo ¿no?
Y esto podria explicar el porque amo tanto La Historia Interminable.
Por cierto, si, el día que murio Graciel Beatriz Cabal, habiendo hecho cosas y buenas y otras no tanto en su vida, llore como si se hubiera ido una gran amiga. Como seguramente me va a pasar cuando se vayan otros tantos seres maravillosos, que van a vivir a traves de nosotros, cuando los leamos, reviviendolos a ellos y a los diferentes mundos, una y otra vez diferentes, porque claro, los libros no son nunca los mismos, cambiamos y al revivirlos, los hacemos diferentes.

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En el barrio de San Cristóbal era cosa sabida: Flor, la gatita de tres colores, era una gatita muy de su casa.
—¡Nada de andar por ahí, callejeando! ¡Mirá que se va a enterar tu padre! —le repetía su mamá
Pero no era necesario. Porque a Florcita, la calle... ni fu ni fa. Además ella a su papá no le tenía miedo. Entre otras cosas porque apenas si lo había visto una que otra vez. Sabía, eso sí, que su papá era un gato muy renombrado y muy valiente, que se había animado a entrar a la casa el día que Florcita nació y que le había traído de regalo una lauchita a cuerda. “Vengo a ver a mi hija”, dicen que dijo aquella noche, mientras asomaba su enorme cabezota amarilla por la puerta del patio.
Pero esa era historia pasada.
La cuestión es que Florcita a su papá no le tenía ni un poquito de miedo.
“Pero, por otra parte”, pensaba Florcita, “¿para qué voy a ir a la calle? ¿,En la casa no tengo todos los días mi leche tibia? ¿No tengo mi almohadón peludo, justo al lado de la ventana? Y sobre todo, ¿en la casa no la tengo a mi mamá? Sí señor: Todo lo que necesito en la vida lo tengo en la casa”.
Cacique era un gato callejero. El más bravo de todos los gatos bravos del mercado de Pichincha. Por algo era Cacique, el Jefe.
Y aunque Cacique era blanco, y aunque jamás hablara de su vida privada, se sabía de buena fuente que era hijo del Viudo, un gato negro y pendenciero que había llegado del Parque de los Patricios.
¡De tal palo, tal astilla! —decían las gatas cuando lo veían pasar a Cacique, rengo y magullado, después de alguna gresca.
Cacique comía salteado y ya ni se acordaba del gusto de la leche. Pero eso a él lo tenía sin cuidado. Porque Cacique no había nacido para la vida regalada. Él había nacido para el peligro y la aventura. Y el peligro y la aventura sólo se encuentran en la calle.
Estaba escrito que, tarde o temprano, Cacique y Flor se conocerían. Porque a Cacique le gustaba recorrer, una y otra vez, las calles del barrio.
Y porque Florcita se pasaba las horas mirando por la ventana de la casa.
Fue un amor a primera vista, un verdadero flechazo.
Gatos eran los de antes, Graciel Beatriz Cabal
[tenga usted la gracia de respetar y comprender que estoy con fiebre escribiendo]
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